quinta-feira, 13 de agosto de 2009

4ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
II - Praxis del Carisma Fundacional
La segunda norma que hemos de tener en cuenta las familias religiosas para renovar adecuadamente el propio carisma es, después de “conocerlo”, “observarlo” purificado de elementos extraños y libre de lo anticuado (Norm. 16, 3).
Una vez más vuelvo a repetir que sólo el espíritu de obediencia a la Iglesia y de reconciliación nos impulsa a buscar la verdad sobre el carisma de nuestra Fundadora. Porque sólo ésta puede conseguir la unión y la paz deseada por todos. Para conseguirlo, sencilla y humildemente seguimos, primero, el nacimiento de la Orden. Segundo, su evolución histórica dentro del ambiente de Reforma de las Órdenes religiosas en España.
Nacimiento de la Orden
Cuando llegó la hora de “instituir la nueva familia religiosa que estuviera consagrada a la Santísima Madre de Dios... Beatriz, con su singular prudencia y cristiana fortaleza, llevó a cabo la fundación de su Orden” (B.C.). Para ello, respetuosa ella misma con el carisma recibido de Dios y después de haberlo vivido con sus Hijas durante cinco años, cuida de someterlo íntegramente a la aprobación de la Iglesia.
Seguimos la génesis de este proceso por las minutas de la Santa.
En la primera, Beatriz aparece pidiendo al Santo Padre la erección canónica de sus deseos y género de vida. Ella aboga por su carisma mariano - inmaculista: “servir a Dios y a Santa María en el misterio de su Concepción”. Aceptaría la Regla que el Papa le asignase. Pide rezo de la Inmaculada, hábito propio blanco y azul, forma de vida que ya llevaban u observancia regular, clausura. El hábito lo describe así: túnica blanca con escapulario también blanco y encima una capa de color celeste (azul), y en esta capa y en el escapulario deben grabar la imagen de la Virgen María, y se ceñirán con un cíngulo de lana blanca.
En la segunda minuta el Papa le insiste que elija Regla y ella se determina por la del Císter. Dice la minuta: “Como la referida oratriz Beatriz elija la Orden Cisterciense y ella y sus compañeras desean servir al Señor bajo la misma Orden con el hábito y estipulaciones y estatutos en la petición determinados”.
Santa Beatriz, lo mismo que otros fundadores, tuvo que poner su Orden al amparo de una de las cuatro reglas existentes en la Iglesia según determinó el IV Concilio de Letrán, a saber: la de San Basilio, San Benito, San Agustín y San Francisco. Santa Beatriz escogió la de San Benito, logrando, al fin, no sin grandes sufrimientos, que el Papa Inocencio VIII autentizara su carisma fundacional inmaculista como don del Espíritu en su Bula “Inter universa”, 30 de abril de 1489. Y al instituir por ella el nombre y el espíritu “concepcionista” genuinamente puros, lo hace destacando y protegiendo respetuosamente el carisma mariano de Santa Beatriz: “para servir a Dios y a Santa María”.
Así se promulgó la Bula, se erigió canónicamente el monasterio el 16 de febrero de 1491, no sin antes reafirmar una vez más Beatriz y sus compañeras que deseaban profesar la regla del Císter, y así vivieron aun después de la muerte de la Santa, acaecida, según parece, en 1492, hasta que entraron en juego otros factores en la Obra de Santa Beatriz.
Según parece, el más importante fue la voluntad de la Reina Isabel. Ella no estuvo muy de acuerdo con algo determinado en la Bula. Acudió al Papa, pero como “las relaciones con el Pontífice Inocencio VIII, 1484 - 1492, eran entonces tensas” (Dic. H.I., Azcona, pág. 1138), no se consiguió la petición. La Reina aceptó la voluntad del Papa y se publicó la Bula según había sido expedida de Roma.
Fallecido Inocencio VIII y elevado a la cátedra de Pedro Alejandro VI, 1492 - 1503, “súbdito de los Reyes Católicos y con quien mantenían íntimas relaciones” (Dic. bis), la Reina volvió a insistir y se consiguieron sus deseos. Había muerto la Fundadora, no quedaba ya más impulso que el de la Reforma y la debilidad de las primeras concepcionistas.
Para comprender mejor estos acontecimientos tan fundamentales para la Orden de la Inmaculada Concepción, (O.I.C), veamos brevemente en qué ambiente se desarrollaron.
Ambiente de Reforma
Fue tenso desde que entró en juego la intervención de Cisneros. José García Oro, O.F.M. en su libro “Cisneros y la Reforma del Clero Español en tiempo de los Reyes Católicos” dice: “En 1494 Cisneros imprimió a la Reforma un ritmo violento que provocó resistencias, agrió los ánimos e impidió que la reforma comenzada siguiese su curso natural” (pág. 186).
“Desde 1492, Cisneros se había identificado con los afanes de reforma. A él le encomendaron los Reyes la ejecución de la reforma de gran número de casas femeninas.” Confesor de la Reina Isabel en 1492, Vicario Provincial de su Orden en 1494 y Arzobispo de Toledo en 1495, asceta y amante de la soledad, “que encarnaba en su seno lo más selecto en virtudes”, a decir de García Oro, era la persona que los Reyes necesitaban para llevar hasta el fin la reforma comenzada, y fue el posible inspirador de los acontecimientos de reforma ocurridos en la Orden Concepcionista.
Dejamos paso a la autorizada pluma de García Oro, O.F.M., que nos explica lo que ocurrió en la Orden Concepcionista. Dice el autor en el apartado que dedica en el libro referido a: “Las concepcionistas”. “Uno de los ideales de la Reforma Cisneriana era que las religiosas franciscanas de la Segunda y Tercera Orden abrazasen la regla de Santa Clara. Así se realizó frecuentemente en diversas casas, tanto de Aragón como de Castilla. De tales reformas nacieron no sólo nuevos monasterios clarisanos sino también Órdenes nuevas. Una de ellas fue la de las concepcionistas, surgida en la diócesis de Cisneros en plena Reforma Cisneriana”.
(continua)
3ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio
de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan

“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
Ejemplaridad de vida
El carisma otorgado por Dios a los fundadores conlleva la transmisión del mismo, es decir, la maternidad o paternidad espiritual en relación a los miembros de la Orden por ellos fundada.
Nos lo enseña así la teología de la vida religiosa. Dice que “el fundador (fundadora en nuestro caso) es la madre espiritual en Cristo, que ha engendrado la nueva familia. Se trata de una maternidad derivada de la paternidad divina. En este proceso generativo, la fundadora es auténtica mediadora entre Dios y el pueblo, es un alma que ha recibido de Dios una misión especial por medio de una intervención de la gracia” (Codina), como acabamos de ver que sucedió con nuestra santa.
Dios la preparó, nos dice Pablo VI en la Bula de su canonización, dándole primero el carisma fundacional que marianizó su alma, dejándola dispuesta para la misión a que la destinaba; y después, a lo largo de su estancia en el monasterio, con el ejercicio heroico de virtudes, donde gestó la semilla que recibió en la aparición de la Virgen Inmaculada, convirtiéndola, así, en Madre y “causa ejemplar” de la nueva familia, así como fue su “causa eficiente”.

Desde el momento en que queda “configurada” la existencia de Santa Beatriz, que es éste en que recibe el carisma, comienza a crecer su parecido con María.
Como a María, se le anuncia su maternidad espiritual. María entrega a Dios toda su vida, todo lo que es, su amor limpio, su corazón preparado para el sacrificio que le exigirá el cumplimiento de su carisma personal que es el de ser Madre de Dios, con todo lo que esto conlleva en el Cuerpo místico de su Hijo, es decir, la prolongación de su maternidad a todos los hombres. Beatriz también entrega a Dios de modo radical toda su persona. Y entregó su corazón al sacrificio, a una vida intensa de oración y penitencia, para dar vida a la semilla que la gracia hizo germinar en su alma.
Como María, pasó su vida en el silencio; esa perfección de la Esencia divina y consecuencia de su Plenitud, desde donde Dios habla al corazón (Oseas 2, 16) y va fraguando en las almas la encarnación de su Verbo.
Breves son las palabras de María que nos narra el Evangelio, y breves son también las de Beatriz como verdadera copia de María y verdadera Monja. Y cuando murió, la Inmaculada, la Virgen de las doce estrellas (Ap 12, 1-2), de parte de Dios, puso “una” en la pura y bella frente de Beatriz, que completó y canonizó su parecido con María.
Una vez más, el Papa, en su Bula de canonización, nos constata aquí que se cumplió en Santa Beatriz el principio teológico que nos asegura que “Dios da a cada uno la gracia según la misión para que es elegido” (S.T.). Hecho que da a nuestra Fundadora la categoría de los grandes fundadores de congregaciones monásticas con relación a sus Hijas.
(continua)

quarta-feira, 12 de agosto de 2009

2ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
I - Conocimiento
del Carisma Fundacional
Éste es nuestro humilde deseo, poder “llegar” y “dar” a conocer lo mejor posible el carisma y experiencia religiosa de la Madre. Entrar en el santuario de su alma mística y transida de Dios, donde se originó su maternidad espiritual y, por lo mismo, el comienzo de nuestra existencia monástica concepcionista.
Con temor reverencial, por la materia que tocamos y para acertar en tan delicado tema, nos situamos en la línea de fidelidad a los orígenes de la Orden: “primigenia inspiración” para leer con luz propia (Bula “Inter universa”) sus anhelos fundacionales.
Nos sirve también para ello las “minutas” de la Madre recientemente encontradas providencialmente en el archivo secreto del Vaticano.
Y, por último, la Bula de canonización de Santa Beatriz de Silva: “Praeclara Inmaculatae” de Pablo VI, 1976.
De mano, pues, de la Bula de canonización y con la ayuda de Dios, comenzamos a desentrañar el carisma de la santa fundadora.
Es la autoridad de Su Santidad Pablo VI, en esta Bula, quien nos dice que: “Beatriz, dócil al superior impulso del Espíritu Santo, tomó la determinación de instituir una nueva familia religiosa que estuviera consagrada a la Santísima Madre de Dios” (B.C.).
¿Cómo y cuándo se originó esta moción del Espíritu en su vida? Nos lo puntualiza el mismo Papa: “Beatriz... reconfortada con la ayuda sobrenatural de la Madre de Dios y librada por la divina Providencia de tanto peligro, proponiéndose consagrarse totalmente en adelante al único Señor en honor de la Virgen María, inmune de toda mancha, hizo entonces voto de perpetua virginidad al Señor Altísimo... menospreció el señorío del mundo y toda pompa del siglo ante el inestimable amor de Jesucristo y la amorosa imitación de su Madre; y huyendo del bullicio de la Corte... se apresuró a ir a la soledad y, ocultó decididamente su florida juventud dentro de los muros de un monasterio” (B.C.).
El Papa nos ha expuesto nítida y netamente el carisma fundacional de Santa Beatriz de Silva.
La ayuda sobrenatural que recibió de la Madre de Dios que refiere el Papa, toda la tradición de la Orden la identifica con la aparición que de la Inmaculada Virgen tuvo nuestra Madre en el momento más álgido y dramático de su vida, cuando la reina Isabel: “llevada de injusto sentimiento de celotipia, resolvió quitarla de enmedio”, añade el Papa (B.C.).
Esta experiencia de María, que llenó de luz del Espíritu su alma, fue el punto de arranque de su transformación en Dios, del nacimiento de la Orden y, por lo mismo de la institucionalización de una nueva espiritualidad en la Iglesia: la concepcionista. Puesto que es de singular importancia este momento, tanto para la Obra de la Fundadora como para sus Hijas, detengámonos un poco en él para extraer del mismo, el contenido místico, religioso y pedagógico que encierra, a fin de llevarlo a las Constituciones propias, como núcleo central de nuestra espiritualidad que ha de dar forma, como don carismático del Espíritu, a nuestra Orden, y determinar su fisonomía y el fin de la misma.
Nuestra Santa, pues, que hasta este momento había sonreído a todo lo bello y bueno que el mundo le ofrecía primero en la casa paterna y después en el palacio de la reina Isabel, su prima, siente ahora que en su vida está sucediendo algo extraño. Las cosas se le han vuelto hostiles, ya no le ofrecen sus dulzuras, sino el amargor de su vaciedad e inestabilidad. Los acontecimientos adversos se agolpan uno tras otro dejando en su corazón el poso amargo de su huella. Es la gracia divina que va iluminando y purificando los ojos de su alma y va a hacer que su vida dé un giro de 180 grados. Tiene en su mente divina un designio amoroso sobre ella que ya es preciso comunicarle. Y el Señor abrevia el momento.
La Reina se enciende en celos y, poniendo en juego su poder temporal, decide ahogar la vida de Beatriz. La prueba o gracia purificadora ha llegado a su cumbre. Beatriz, encerrada en lóbrega prisión, ve cercano su fin e implora el auxilio divino. Sí, ciertamente sucede así. Místicamente en la estrecha o angosta prisión muere la antigua Beatriz y nace la nueva, más espiritual, al calor maternal y bajo la luz de la Inmaculada María. La Santísima Madre se le aparece revelándole el designio de Dios sobre ella.
Es aquí donde aparece en toda su belleza y plenitud el carisma propio de Beatriz y su experiencia mística religiosa, germen de la Orden concepcionista. María se le manifiesta radiante de amor y pureza inmaculada, penetrando todo su ser con su presencia dulcísima. Beatriz, contemplándola, queda arrobada y su alma místicamente MARIANIZADA, al mismo tiempo que escucha de María el designio divino de que se perpetúe y cante en el tiempo mediante una Orden, esa pureza inmaculada que está haciendo las delicias de su alma.
Hasta ahora, Beatriz había “creído” a María limpia de pecado original en su Concepción santísima; desde ahora, místicamente, la “conoce” Inmaculada, libre de la baba del dragón infernal. Al mismo tiempo Beatriz acoge a Dios en su alma, aborrece el pecado, se adhiere a la virtud y deja que se encarne el carisma en su alma. Así de inefable y sencillo fue el comienzo de nuestra existencia.
El ilustre teólogo jesuita P. Víctor Codina nos dice en su libro “Teología de la vida religiosa” que “la experiencia religiosa del fundador es una vocación carismática o experiencia de algún modo mística, por la cual son simultáneamente introducidos en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Es una captación del signo de los tiempos por el que se sienten introducidos en el aspecto de Cristo y de la Iglesia más urgente y necesario para aquel tiempo concreto”.
Por medio de María, Beatriz conoció el designio de Dios sobre ella y en la luz de Dios descubrió la significación de su tiempo respecto de la Inmaculada. En la visión que venimos comentando, de la contemplación de la Madre pasa al Hijo y del Hijo a la Madre. En el Hijo reconoce el origen de la santidad, y en la Madre la santidad del pensamiento creacional de Dios sobre el hombre salvado dichosa y abundantemente en Ella: libre del pecado original. En el Hijo reconoce el misterio de la humanización de Dios para la redención humana, y en la Madre el prototipo de los redimidos y la mediación entre Dios y el hombre.
Este misterio de pureza y santidad de María que estaba contemplando se estaba debatiendo con viveza en su tiempo, por otra parte tan falto de reforma. Por experiencia, por la transformación que él estaba operando en su alma, intuyó Santa Beatriz que bien podía ser fermento de renovación, un reclamo a la santidad, para aquéllos que la veneraban y exaltaban con tan encendidos clamores.
La necesidad de renovación en la sociedad del tiempo de Santa Beatriz estaba patente. Veámoslo brevemente.
Sabemos que la Iglesia de Cristo, en su constitución divina, es, SANTA, indefectible, invariable. No es así en sus miembros que, por defectibles y limitados, son sujetos de corrección y reajuste.
Es lo que estaba necesitando la vida eclesiástica y religiosa del tiempo de Santa Beatriz, la cual registraba una franca decadencia. Decadencia que incidía en la vida social. Pues así como el fervor en la vida religiosa lleva a una reactivación de la religiosidad del pueblo, así su decadencia le estaba llevando a la postración de la fe y corrupción de costumbres.
Esta triste realidad fue denunciada por la cristiandad con clamores de renovación a decir de García Oro, como nunca se ha dado quizá en la Iglesia. Este mismo autor nos dice que “Juan Gersón, el gran apóstol de la reforma y unidad durante el cisma de Occidente, decía en un sermón pronunciado el día 1 de enero de 1404: “En verdad, que el estado actual de la iglesia parece brutal y monstruoso”. Era una de las muchas voces que levantaban urgiendo el cambio” (García Oro).
En esta convulsiva realidad estaba siendo introducida por Dios Santa Beatriz. Como hemos visto antes, ella misma había sido víctima de pasiones incontroladas y costumbres depravadas. Y ahora, en la contemplación de la limpia santidad de María, veía el contraste de su mundo; la urgente necesidad que tenía de reforma y el medio eficaz para conseguirla.
De hecho, ésta fue la contribución que Dios le pidió y que ella supo darle como fruto de su experiencia mística y religiosa. Y que culminó en espléndidos frutos de santidad, primero en ella y en la Orden de la Concepción por ella fundada. Y además, en el servicio que prestó a la Iglesia y a la causa de la declaración del dogma inmaculista mediante la misma Orden consagrada a este misterio soberano.
“La Inmaculada Concepción se manifiesta como fuerza viva en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia suscitando una Orden contemplativa” (Homilía de Pablo VI en la canonización). Deseando, pues, penetrar más a fondo en el carisma que se encarnó en Santa Beatriz impulsada por las precedentes palabras de Su Santidad Pablo VI, y aunque es conocido de todos los presentes el misterio de la santidad original de María, vamos a recordarlo brevemente, como dinamismo de la gracia, para conocer mejor la espiritualidad de la Orden concepcionista. Lo hacemos de la mano de Michael Schmaus.
La doctrina de la limpia Concepción de María comenzó a penetrar en las almas y por lo mismo a desarrollarse en la Iglesia, en la época patrística. Sabemos que, como los demás dogmas, tiene su fundamento en la Sagrada Escritura. Concretamente en dos textos que deben ser claves para configurar, en su propia espiritualidad, las Constituciones de la Orden concepcionista. El primero (Gn. 3, 15): “Pongo enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: ella herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón”. El segundo, en la expresión del Evangelio: “llena de gracia” de Lc. 1, 28.
En la primera se nos revela la predestinación de María para Madre de Dios, y la gracia santificadora de Cristo preservando a María del pecado. “Se nos enseña que Cristo, triunfador por su muerte de cruz y su resurrección, del diablo y del pecado, es el comienzo de la “descendencia” salvada, cuyo primer fruto eminente: “preservada” es, María. Dios le aplicó los méritos de Cristo, la gracia del Redentor en el mismo instante de su concepción. Entre Cristo y su Madre existe una íntima unión espiritual histórico - salvífica. Por su vinculación a Cristo, pues, no por sí, sino por don gratuito de Dios, María está en plena y triunfante enemistad contra el pecado y el demonio. Enemistad que incluye que Ella, Madre del vencedor del diablo, no haya estado ni por un solo momento bajo el poder de Satán o alejada de Dios” (Schmaus). Es el triunfo de la gracia sobre el pecado. Triunfo que ha de estimular a nuestra realidad pecadora, por la participación que tenemos todos en su gracia.
En cuanto al segundo fundamento: “llena de gracia”, contiene la elección de María para Madre de Dios. “El Ángel le testifica que Dios está con Ella de manera única, por su predestinación a una misión histórico - salvacional decisiva: Madre del mismo Hijo del Padre. Dios mismo ha entrado en comunicación con María de una manera plena: “llena de gracia”. Si Dios está así con Ella como le informa Dios mismo de parte del Ángel, entonces no queda ningún margen para el pecado, es decir, para una oposición entre Dios y María” (Schmaus). Verdad revelada en el Evangelio, que es principio de la salvación y santificación del género humano y motivo de nuestra esperanza. Así “contemplamos a María convertida, para nosotros, en imagen purísima de lo que debemos y esperamos ser” (Mc. 22).
Este don divino de la santidad inmaculada de María que, como todos los de Cristo están orientados hacia la salvación y santificación del género humano como proyecto creador de Dios, empezó a influir en la mente y en el corazón del hombre, marcando en él la nostalgia de la imagen santa de Dios a que fue creado y que había perdido por el pecado, como dije anteriormente, en la edad patrística. Y, aunque entonces “no consiguieron formularla con la claridad con que después lo hicieron la encíclicas pontificias de los siglos XIX y XX, los Padres de la iglesia la cantan con tanta intensidad y frecuencia que los siglos posteriores pudieron llegar con facilidad a concluir la inmunidad de María del pecado original” (Schmaus), y crear una rica y abundante fuente de espiritualidad.
Tertuliano nos dice: “Dios recuperó con celoso esfuerzo, su imagen y semejanza, que era presa del diablo. Pues en Eva, aún virgen, entró la palabra que edificó la muerte: del mismo modo había que introducir en la Virgen el Verbo de Dios que edifica la vida”. Del mismo modo cantan la sobreabundante santidad de paraíso de María y su excelencia virginal San Epifanio, San Ireneo, Isidoro de Pelusio, San Atanasio, San Ambrosio, los Capadocios, etc.
San Efrén, monje anacoreta del siglo IV introduce la dulzura de esta espiritualidad dejando destilar la miel de su pluma en sus “Carmina Nisibena” cuando canta: “Sólo tú, Señor, y tú, Madre, sois hermosos sobre todas las cosas, pues no hay en ti ninguna mancha ni defecto alguno en tu Madre”.
Y en una oración: “Oh Virgen, Señora, Inmaculada Madre de Dios... en extremo bondadosa, eres superior a los cielos, más pura que los resplandecientes y cegadores rayos del sol”, etc.
Dejando otros Padres por no alargarnos, llegamos a San Beda el Venerable, monje benedictino inglés del siglo VII, el cual, recogiendo los dulces ecos de San Efrén, llega a la conclusión de que: “sólo la Virgen purificada de todo pecado podía servir al Hijo de Dios en la asunción de una naturaleza humana invulnerada” (Hom. 1 P.L. 94, 12).
Así se fue elaborando en el corazón del hombre, para la Iglesia, esta espiritualidad que resonaba con acentos cada vez más diáfanos en las almas sensibles a la santidad y pureza.
Así, San Anselmo, monje también benedictino de los siglos XI - XII, Arzobispo de Cantórbery y uno de los fundadores de la escolástica, nos dice: “que la concepción virginal de Cristo es necesaria para su obra redentora. Puesto que es virginal no puede estar sometida a la ley del pecado” (De conceptu virginale, 18). Y estudia, consecuentemente, la pureza de María en su libro (Cur Deus Homo, 16) y, aunque no consigue situar la santificación de la Virgen antes de su nacimiento por acentuar exageradamente la fuerza purificadora de la fe, es decir, que María tuvo que ser santificada por la fe en su Redentor, canta sin embargo la santidad eximia de María con acentos tan certeros, que la Iglesia no encuentra cantor mejor para exaltar la excelencia y dinamismo espiritual de este soberano misterio, en la solemnidad litúrgica de la Inmaculada, que la “Oración 3 a la Virgen” de este santo. Y así la ordena para la segunda lectura del Oficio de Lectura.
Lo que no consiguió San Anselmo lo lograron dos discípulos suyos, también monjes benedictinos: Eadmero, que defendió expresa y formalmente la Inmaculada Concepción de María en su libro (De Conceptu Beatae Mariae), y Osberto, que pensó asimismo.
Eadmero dice que “puesto que en la concepción de María creó el Espíritu Santo una habitación para el Hijo de Dios, la misma concepción había de ser santa”: “dignum Filii tui habitaculum preparasti”, nota melodiosa que canta perpetuamente la Iglesia en la oración del oficio litúrgico de la Inmaculada.
De este modo fue extendiendo el Espíritu Santo esta espiritualidad de pureza en la iglesia introduciéndola incluso en la Liturgia a medida que se desentrañaba el misterio de la santidad original de María. Y aunque a San Bernardo de Claraval le pareció entonces conveniente mitigar esta novedad de Eadmero sobre la Inmaculada, enseñando que María había sido santificada después de su concepción pero antes de su nacimiento, opinión que, debido a su gran autoridad siguieron los principales teólogos de los siglos XII y XIII, entre otros San Alberto Magno, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, ahí quedó la razón teológica de Eadmero en el axioma que ya resonó en sus labios: “Potuit, decuit, ergo fecit”. Herencia que recogió la posteridad, logrando, al fin, dos franciscanos del siglo XIV Guillermo de Ware y, sobre todo, su gran discípulo Juan Duns Escoto, dar con el camino para llegar a la solución definitiva: “en previsión”.
Nota terminal de la oración de la solemnidad de la Inmaculada. Oración que la Iglesia, queriendo lograr en todos sus hijos los frutos de estos dones divinos y espiritualidad de santidad concluye diciendo: “así también, por su intercesión, lleguemos a ti limpios de todo pecado”. Así nos abre el camino al dinamismo santificador de esta espiritualidad la parte ascética, que es la colaboración que busca Dios en nosotros como respuesta a ese regalo que nos hizo creando Inmaculada a nuestra Madre dulcísima. Bien lo entendió el pueblo fiel, pues así que saltó esta espiritualidad del cielo al culto popular, los hechos heroicos que registró la historia entre la gente sencilla son, en verdad, impresionantes.
Para no alargar esta exposición recordamos sólo uno que es exponente del fervor con que las masas vivieron este soberano misterio. Es el tan conocido de aquel caballero sevillano que se vendió a sí mismo como esclavo, para sufragar con la venta solemnes cultos en desagravio de aquella tan querida Madre Inmaculada, que era negada por un predicador desde el púlpito.
Esta fuerza santificadora dimanada de la misma entraña del Dios que hizo inmaculada a María es la que penetró en Santa Beatriz, arrancándola la heroica decisión de cubrir la belleza de su rostro de por vida y encerrar sus grandes valores humanos en la soledad de un monasterio.
(continua)

terça-feira, 11 de agosto de 2009

1ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio
de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”

Profundizar el carisma fundacional es un deber de todo religioso, pues cuanto mejor se conozca mejor se entiende, cuanto mejor se capte mejor también se presentará y se vivirá la propia identidad en el seno de la Iglesia y, por lo mismo, se dispondrá de los elementos necesarios e imprescindibles para que dicho carisma sea una realidad viva y eficaz hoy tal y como nos lo exigen los signos de los tiempos.
El carisma fundacional es eminentemente dinámico, como fruto que es del Espíritu Santo. Por eso y para conocerlo mejor, si hemos de mirar hacia atrás, en nuestro caso, hacia nuestra Madre Fundadora es, para que nos sirva de catapulta, de palanca que nos lance hacia delante. No podemos olvidar que todo carisma religioso es profético y, por lo mismo, en cada momento histórico ha de hablar, ha de gritar, diría yo, los auténticos valores fundamentales de una vida evangélica que es toda vida religiosa, es decir, de un auténtico y real seguimiento de Cristo.
Mi intervención ante esta cualificada asamblea no pretende ser otra cosa que esto: el testimonio de una concepcionista que, como todas las hijas de Santa Beatriz, quiere vivir radical y entusiastamente su propio carisma religioso como respuesta a la vocación que ha recibido del Señor, en servicio de la Iglesia y de la humanidad entera.
Por ello podréis comprender que no pretendo descubrir América, ¡hace cinco siglos que se descubrió!, los mismos que tiene nuestra Orden. Sencillamente deseo recordar con vosotros unos hechos seculares, destellos de una estrella que, encendida por Dios para iluminar nueva senda, se vio represada en su propia luz por acontecimientos externos, y así ha permanecido durante casi cinco siglos, hasta que ahora, los inspirados decretos del Vaticano II, fijándose en sus orígenes, ha hecho posible que lleguen hasta nosotros renovados y renovadores sus primigenios fulgores.
La lectura del carisma fundacional de Santa Beatriz hay que hacerla a la luz del Evangelio, con serenidad y paz, con deseo de verdad, sin ideas preconcebidas. A partir de un conocimiento serio y científico de sus orígenes, de su entorno histórico y socio - religioso y, al mismo tiempo, con la transparencia y capacidad de admiración de un inocente niño. Porque la Iglesia nos enseña que los carismas de los fundadores son una riqueza espiritual, dones que le regala el Espíritu Santo (P.C. 1) y que ella no quiere perder. Por ello ha ordenado que les restituyamos su lozanía primigenia.
Es lo que está intentando llevar a cabo la Orden concepcionista, pero que quizá, por un escaso conocimiento o por otras varias razones y acondicionamientos o intereses creados, esté resultando lenta y penosa.
Este V Centenario de la aprobación de la Orden mediante la Bula “Inter universa” esclarece mucho el camino, mejor, queda iluminado con sus originales y limpios destellos, como dije al principio, para conseguir su propia renovación.
Y el hecho de que sea tan festiva y jubilosamente celebrada esta Bula por toda la Orden en estas circunstancias de renovación es ya una gracia previa de Dios en todas las concepcionistas, para entrar en la verdadera línea de renovación del espíritu fundacional de la Santa Madre, de lo que la Iglesia a ella le aprobó. Es, por tanto, el medio directo de contactar con la Fundadora.
Cabe, pues, esperar, que las concepcionistas no impidamos que esta Bula consiga ahora la renovación de la Orden, como en su tiempo alcanzó su aprobación.
Y sin más preámbulos, pasamos a tratar del carisma de Santa Beatriz de Silva.
(continua)

terça-feira, 4 de agosto de 2009

Da Catequese de São João Maria Vianney, presbítero
Belo dever do homem: Orar e amar
Prestai atenção, meus filhos: o tesouro do homem cristão não está na terra, mas no Céu. Por isso, o nosso pensamento deve voltar-se para onde está o nosso tesouro.
O homem tem este belo dever e obrigação: orar e amar. Se orais e amais, tendes a felicidade do homem sobre a terra.
A oração não é outra coisa senão a união com Deus. Quando alguém tem o coração puro e unido a Deus, experimenta em si mesmo uma certa suavidade e doçura que inebria e uma luz admirável que o circunda. Nesta íntima união, Deus e a alma são como dois pedaços de cera, fundidos num só, de tal modo que ninguém mais os pode separar. Como é bela esta união de Deus com a sua pequena criatura! É uma felicidade que supera toda a compreensão humana.
Nós tornámo-nos indignos de orar; mas Deus, na sua bondade, permite-nos falar com Ele. A nossa oração é o incenso que mais Lhe agrada.
Meus filhos, o vosso coração é pequeno, mas a oração dilata-o e torna-o capaz de amar a Deus. A oração faz-nos saborear antecipadamente a suavidade do Céu, é como se alguma coisa do Paraíso descesse até nós. Ela nunca nos deixa sem doçura; é como o mel que se derrama sobre a alma e faz com que tudo nos seja doce. Na oração bem feita desaparecem as dores, como a neve aos raios do sol.
Outro benefício nos traz a oração: o tempo passa depressa e com tanto prazer que não se sente a sua duração. Escutai: quando era pároco em Bresse, em certa ocasião tive de percorrer grandes distâncias para substituir quase todos os meus colegas, que estavam doentes; e podeis estar certos disto: nessas longas caminhadas rezava ao bom Deus e o tempo não me parecia longo.
Há pessoas que se submergem profundamente na oração, como os peixes na água, porque estão completamente entregues a Deus. O seu coração não está dividido. Oh como eu amo estas almas generosas! São Francisco de Assis e Santa Coleta viam Nosso Senhor e conversavam com Ele do mesmo modo que nós falamos uns com os outros.
Nós, pelo contrário, quantas vezes vimos para a igreja sem saber o que havemos de fazer ou que pedir! No entanto, sempre que vamos ter com algum homem, sabemos perfeitamente o motivo por que vamos. Mais: há pessoas que parecem falar a Deus deste modo: «Só tenho a dizer-Vos duas palavras para ficar despachado...». Muitas vezes penso: Quando vimos para adorar a Deus, conseguiríamos tudo o que pedimos se pedíssemos com fé viva e coração puro.
(Catéchisme sur la prière: A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, Paris 1899, pp. 87-89)
Oração pelos Sacerdotes
(composta pelo Cardeal Richard Cushing)
Deus Todo-Poderoso e Eterno,
olhai com amor o Rosto de Vosso Filho,
Sumo e Eterno Sacerdote
e por Seu Amor tende misericórdia dos Vossos sacerdotes.
Lembrai-Vos, Compassivo Senhor,
que eles são frágeis e débeis seres humanos.
Renovai neles o dom da vocação
que, de modo admirável,
se consolidou pela imposição das mãos dos Vossos bispos.
Conservai-os sempre junto de Vós
e não permitais que o inimigo os vença
para que nunca se tornem participantes
da mais pequena falta contra a honra de tão sublime vocação.
Senhor Jesus,
rogo-Vos pelos Vossos fiéis e fervorosos sacerdotes
e também pelos que são infiéis e tíbios,
pelos sacerdotes que trabalham na sua própria terra
ou em lugares distantes e missões longínquas;
pelos sacerdotes tentados,
pelos que sentem a solidão, o tédio ou o cansaço;
pelos sacerdotes jovens
ou por aqueles que estejam prestes a morrer,
assim como pelas almas dos sacerdotes
que se encontram no purgatório.
Mas, sobretudo, Vos confio os sacerdotes que muito admiro:
o sacerdote que me baptizou,
o que me absolve dos meus pecados,
todos os sacerdotes a cujas missas tenho assistido
e me dão o Vosso Corpo e Sangue na Sagrada Comunhão;
os sacerdotes que me têm aconselhado, consolado ou animado…
e todos aqueles com quem,
de alguma forma, estou em maior dívida.
Ó Jesus, conservai-os, a todos, junto do Vosso Coração
e abençoai-os abundantemente
no tempo e na eternidade. Ámen.
SÃO JOÃO MARIA VIANNEY
(1786-1859)
Uma vida sob o olhar de Deus
Vida do Santo Cura
Nascido a 8 de maio de 1786 em Dardilly, próximo de Lyon (França), numa família de lavradores, João Maria Vianney tem uma infância marcada pelo fervor e pelo amor de seus pais. O contexto da Revolução Francesa exercerá forte influência sobre sua juventude: fará a sua primeira confissão aos pés do grande relógio da sala de estar de sua casa, e não na igreja do povoado, e receberá a absolvição de um sacerdote clandestino.
Dois anos mais tarde, faz a sua primeira comunhão num celeiro, durante uma Missa clandestina celebrada por um sacerdote rebelde. Aos 17 anos, decide responder ao chamado de Deus: “Gostaria de ganhar almas para o Bom Deus”, dirá à sua mãe, Marie Béluze. Seu pai, porém, opõe-se a esse projecto durante dois anos, pois faltavam braços na lavoura familiar.
Aos 20 anos, começa a preparar-se para o sacerdócio com o abade Balley, pároco de Écully. As dificuldades o farão crescer: passa rapidamente do abatimento à esperança, vai em peregrinação ao sepulcro de São François Régis, em Louvesc. Vê-se obrigado a desertar, quando é chamado a entrar para o exército para lutar na guerra na Espanha. Mas o abade Balley saberá ajudá-lo nesses anos caracterizados por uma série de provações. Ordenado sacerdote, em 1815, passa uma primeira temporada como vigário de Écully.
Em 1818, é enviado a Ars. Ali, desperta a fé dos seus paroquianos com a sua pregação mas, sobretudo, com a sua oração e o seu estilo de vida. Sente-se pobre diante da missão que tem a realizar, mas deixa-se envolver pela misericórdia de Deus. Restaura e decora a igreja, funda um orfanato, a que dá o nome de “A Providência”, e cuida dos mais pobres.
Muito rapidamente, sua reputação de confessor atrai muitos peregrinos, que vêm buscar com ele o perdão de Deus e a paz do coração. Assaltado por provações e lutas interiores, mantém o seu coração bem arraigado no amor a Deus e aos irmãos; a sua única preocupação é a salvação das almas. As suas aulas de catecismo e as suas homilias falam sobretudo da bondade e da misericórdia de Deus. Sacerdote que se consome de amor diante do Santíssimo Sacramento, doado inteiramente a Deus, aos seus paroquianos e aos peregrinos, morre em 4 de Agosto de 1859, depois de uma entrega até o extremo do Amor. Sua pobreza não era simulada. Sabia que estava fadado a morrer como “prisioneiro do confessionário”. Três vezes tentará fugir de sua paróquia, acreditando-se indigno da missão de pároco e pensando ser mais um obstáculo à bondade de Deus que um condutor de seu Amor. A última tentativa de fuga ocorreu menos de seis anos antes de morrer. Foi interceptado por seus paroquianos, que tinham feito soar o alarme no meio da noite. Voltou, então, a sua igreja e pôs-se a confessar até à uma da manhã. No dia seguinte, diria: “Comportei-me como uma criança”. No seu funeral, havia mais de mil pessoas, entre as quais o bispo e todos os sacerdotes da diocese, que vinham abraçar aquele que já era seu modelo.
Beatificado em 8 de Janeiro de 1905, foi declarado no mesmo ano “padroeiro dos sacerdotes da França”. Canonizado por Pio XI em 1925, mesmo ano da canonização de Santa Teresa do Menino Jesus, será proclamado em 1929 “padroeiro de todos os párocos do universo”.
(Fonte: página Web Anno Sacerdotalis da Congregazione per il Clero)

sábado, 1 de agosto de 2009

Mártires da Guerra Civil de Espanha
do Mosteiro de "El Pardo" de Madrid

Martirizadas a 22 de Agosto de 1936
em Madrid (Vicálvaro)

1. Serva de Deus,
sor Maria Inês de São José

(no século Inês Rodríguez Fernández)
Monja professa da Ordem da Imaculada Conceição, do Mosteiro “El Pardo” em Madrid.
Nasceu a 02 Novembro de 1889, em Puebla de Sanabria, Zamora. Entrou no Mosteiro com 19 anos (1908), tinha 48 anos e 30 de vida monástica quando recebeu o martírio.
2. Serva de Deus,
sor Maria do Carmo da Puríssima Conceição

(no século Maria de la Concepción Rodríguez Fernández)
Monja professa da Ordem da Imaculada Conceição, do Mosteiro “El Pardo” em Madrid.
Nasceu a 29 de Setembro de 1895, em Puebla de Sanabria, Zamora. Entrou no Mosteiro com 20 anos (1915), tinha 41 anos e 22 de vida monástica quando recebeu o martírio.

Irmãs de sangue, irmãs na vida religiosa e irmãs no martírio.
Foram martirizadas, por fuzilamento, na madrugada de 22 de Agosto de 1936, em Vicálvaro, Madrid.

O processo de Beatificação e Canonização destas duas mártires Concepcionistas foi instaurado com mais 869 mártires com o nome “Eustáquio Nieto Martín e 870 companheiros”.
Postulação:
Calle Santo Domingo, 21
45600 Talavera de la Reina (Toledo)
Espanha