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quinta-feira, 13 de agosto de 2009

5ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
“El monasterio
de la Concepción de Toledo”.

“Suele considerarse fundadora a Beatriz de Silva, muerta en 1490. La vida de esta religiosa, lo mismo que los orígenes de la Orden Concepcionista, son poco conocidos. Era de origen portugués, hermana de Amadeo Menéndez de Silva, el fundador de los “amadeos” y confesor de Sixto IV. Tras una vida de azares en la Corte castellana, se retiraba, a mediados del siglo XV, al monasterio de Santo Domingo el Viejo, de Toledo. En 1484 salía de este monasterio con varias compañeras a fundar un monasterio cisterciense en unas casas que le había donado con este fin su amiga la reina Isabel la Católica. Sería dedicado, por voluntad de ambas, a la Inmaculada Concepción.”
“Así surgió el monasterio de la Concepción, de Toledo, con clausura, disciplina regular severa y regla del Císter. En él vivió Beatriz y sus compañeras la vida cisterciense, con hábito azul y cordón franciscano. Y allí murió en 1490.”
“¿Había pensado Beatriz fundar una nueva familia religiosa? Así lo creen sus biógrafos, aunque no documentan tales intenciones. Es cierto que sentía una devoción grande al misterio de la Inmaculada Concepción y que mantuvo relaciones con diversos franciscanos, especialmente con el Vicario Provincial de los observantes castellanos, Fr. Juan de Tolosa. Pero no por ello se decidió a abrazar ninguno de los institutos franciscanos. Se había criado entre las religiosas cistercienses y dio a su convento de la Concepción la regla cisterciense. Y murió como cisterciense.”
“Murió sin haber consolidado su fundación. Sus compañeras decayeron muy pronto en el fervor que había reinado en los primeros años. Hubo disensiones graves entre ellas que tardaron en calmarse. Tal vez por falta de medios de vida, se decidió unirlas con las benedictinas de San Pedro de las Dueñas, de Toledo. Al nuevo monasterio así constituido se le dio la Regla de Santa Clara. Alejandro VI confirmó lo hecho por la Bula “Ex Supernae Providentia” (19 de agosto de 1494), declarando extinguida la Orden del Císter en el monasterio y mandando a las religiosas que, en adelante, siguiesen la Regla de las clarisas teniendo el hábito azul, el oficio divino y demás rezos en la forma que lo determina la Bula de Inocencio VIII.”
“La Bula de Alejandro VI difiere fundamentalmente de la precedente. Establece la Regla de Santa Clara, con las peculiaridades indicadas, en Toledo, y faculta para fundar otros monasterios semejantes, todos los cuales gozarán de los privilegios del monasterio de Tordesillas. Dependerán inmediatamente de los franciscanos. Promotora de todos estos cambios y normas es, según la Bula, Isabel la Católica, que siente una profunda devoción al misterio de la Concepción Inmaculada, pero, sin duda, doña Isabel estaba asesorada por los franciscanos. ¿Fue inspirada precisamente por Cisneros, entonces Vicario Provincial de Castilla? Es muy posible, pero no consta documentalmente. Puede ser muy bien que el Custodio de Toledo, muy apreciado de Beatriz de Silva, haya querido salvar de la ruina la fundación. De todos modos, es indudable que fueron los observantes castellanos quienes inspiraron tales pasos de la Reina Isabel.”
“Con la traslación de las religiosas a San Pedro de las Dueñas se aumentaron las discordias. Al parecer, ninguno de los dos grupos gustaba del nuevo régimen. El monasterio estaba muy mal administrado.”
Siguen unos datos sin importancia para la Orden, exceptuado el traslado de las Monjas concepcionistas al convento de San Francisco y la extensión de la nueva Orden. Y continúa García Oro: “Los franciscanos miraban la nueva fundación como una parte de su campaña tradicional en favor del misterio inmaculista.”
(continua)
4ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
II - Praxis del Carisma Fundacional
La segunda norma que hemos de tener en cuenta las familias religiosas para renovar adecuadamente el propio carisma es, después de “conocerlo”, “observarlo” purificado de elementos extraños y libre de lo anticuado (Norm. 16, 3).
Una vez más vuelvo a repetir que sólo el espíritu de obediencia a la Iglesia y de reconciliación nos impulsa a buscar la verdad sobre el carisma de nuestra Fundadora. Porque sólo ésta puede conseguir la unión y la paz deseada por todos. Para conseguirlo, sencilla y humildemente seguimos, primero, el nacimiento de la Orden. Segundo, su evolución histórica dentro del ambiente de Reforma de las Órdenes religiosas en España.
Nacimiento de la Orden
Cuando llegó la hora de “instituir la nueva familia religiosa que estuviera consagrada a la Santísima Madre de Dios... Beatriz, con su singular prudencia y cristiana fortaleza, llevó a cabo la fundación de su Orden” (B.C.). Para ello, respetuosa ella misma con el carisma recibido de Dios y después de haberlo vivido con sus Hijas durante cinco años, cuida de someterlo íntegramente a la aprobación de la Iglesia.
Seguimos la génesis de este proceso por las minutas de la Santa.
En la primera, Beatriz aparece pidiendo al Santo Padre la erección canónica de sus deseos y género de vida. Ella aboga por su carisma mariano - inmaculista: “servir a Dios y a Santa María en el misterio de su Concepción”. Aceptaría la Regla que el Papa le asignase. Pide rezo de la Inmaculada, hábito propio blanco y azul, forma de vida que ya llevaban u observancia regular, clausura. El hábito lo describe así: túnica blanca con escapulario también blanco y encima una capa de color celeste (azul), y en esta capa y en el escapulario deben grabar la imagen de la Virgen María, y se ceñirán con un cíngulo de lana blanca.
En la segunda minuta el Papa le insiste que elija Regla y ella se determina por la del Císter. Dice la minuta: “Como la referida oratriz Beatriz elija la Orden Cisterciense y ella y sus compañeras desean servir al Señor bajo la misma Orden con el hábito y estipulaciones y estatutos en la petición determinados”.
Santa Beatriz, lo mismo que otros fundadores, tuvo que poner su Orden al amparo de una de las cuatro reglas existentes en la Iglesia según determinó el IV Concilio de Letrán, a saber: la de San Basilio, San Benito, San Agustín y San Francisco. Santa Beatriz escogió la de San Benito, logrando, al fin, no sin grandes sufrimientos, que el Papa Inocencio VIII autentizara su carisma fundacional inmaculista como don del Espíritu en su Bula “Inter universa”, 30 de abril de 1489. Y al instituir por ella el nombre y el espíritu “concepcionista” genuinamente puros, lo hace destacando y protegiendo respetuosamente el carisma mariano de Santa Beatriz: “para servir a Dios y a Santa María”.
Así se promulgó la Bula, se erigió canónicamente el monasterio el 16 de febrero de 1491, no sin antes reafirmar una vez más Beatriz y sus compañeras que deseaban profesar la regla del Císter, y así vivieron aun después de la muerte de la Santa, acaecida, según parece, en 1492, hasta que entraron en juego otros factores en la Obra de Santa Beatriz.
Según parece, el más importante fue la voluntad de la Reina Isabel. Ella no estuvo muy de acuerdo con algo determinado en la Bula. Acudió al Papa, pero como “las relaciones con el Pontífice Inocencio VIII, 1484 - 1492, eran entonces tensas” (Dic. H.I., Azcona, pág. 1138), no se consiguió la petición. La Reina aceptó la voluntad del Papa y se publicó la Bula según había sido expedida de Roma.
Fallecido Inocencio VIII y elevado a la cátedra de Pedro Alejandro VI, 1492 - 1503, “súbdito de los Reyes Católicos y con quien mantenían íntimas relaciones” (Dic. bis), la Reina volvió a insistir y se consiguieron sus deseos. Había muerto la Fundadora, no quedaba ya más impulso que el de la Reforma y la debilidad de las primeras concepcionistas.
Para comprender mejor estos acontecimientos tan fundamentales para la Orden de la Inmaculada Concepción, (O.I.C), veamos brevemente en qué ambiente se desarrollaron.
Ambiente de Reforma
Fue tenso desde que entró en juego la intervención de Cisneros. José García Oro, O.F.M. en su libro “Cisneros y la Reforma del Clero Español en tiempo de los Reyes Católicos” dice: “En 1494 Cisneros imprimió a la Reforma un ritmo violento que provocó resistencias, agrió los ánimos e impidió que la reforma comenzada siguiese su curso natural” (pág. 186).
“Desde 1492, Cisneros se había identificado con los afanes de reforma. A él le encomendaron los Reyes la ejecución de la reforma de gran número de casas femeninas.” Confesor de la Reina Isabel en 1492, Vicario Provincial de su Orden en 1494 y Arzobispo de Toledo en 1495, asceta y amante de la soledad, “que encarnaba en su seno lo más selecto en virtudes”, a decir de García Oro, era la persona que los Reyes necesitaban para llevar hasta el fin la reforma comenzada, y fue el posible inspirador de los acontecimientos de reforma ocurridos en la Orden Concepcionista.
Dejamos paso a la autorizada pluma de García Oro, O.F.M., que nos explica lo que ocurrió en la Orden Concepcionista. Dice el autor en el apartado que dedica en el libro referido a: “Las concepcionistas”. “Uno de los ideales de la Reforma Cisneriana era que las religiosas franciscanas de la Segunda y Tercera Orden abrazasen la regla de Santa Clara. Así se realizó frecuentemente en diversas casas, tanto de Aragón como de Castilla. De tales reformas nacieron no sólo nuevos monasterios clarisanos sino también Órdenes nuevas. Una de ellas fue la de las concepcionistas, surgida en la diócesis de Cisneros en plena Reforma Cisneriana”.
(continua)
3ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio
de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan

“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
Ejemplaridad de vida
El carisma otorgado por Dios a los fundadores conlleva la transmisión del mismo, es decir, la maternidad o paternidad espiritual en relación a los miembros de la Orden por ellos fundada.
Nos lo enseña así la teología de la vida religiosa. Dice que “el fundador (fundadora en nuestro caso) es la madre espiritual en Cristo, que ha engendrado la nueva familia. Se trata de una maternidad derivada de la paternidad divina. En este proceso generativo, la fundadora es auténtica mediadora entre Dios y el pueblo, es un alma que ha recibido de Dios una misión especial por medio de una intervención de la gracia” (Codina), como acabamos de ver que sucedió con nuestra santa.
Dios la preparó, nos dice Pablo VI en la Bula de su canonización, dándole primero el carisma fundacional que marianizó su alma, dejándola dispuesta para la misión a que la destinaba; y después, a lo largo de su estancia en el monasterio, con el ejercicio heroico de virtudes, donde gestó la semilla que recibió en la aparición de la Virgen Inmaculada, convirtiéndola, así, en Madre y “causa ejemplar” de la nueva familia, así como fue su “causa eficiente”.

Desde el momento en que queda “configurada” la existencia de Santa Beatriz, que es éste en que recibe el carisma, comienza a crecer su parecido con María.
Como a María, se le anuncia su maternidad espiritual. María entrega a Dios toda su vida, todo lo que es, su amor limpio, su corazón preparado para el sacrificio que le exigirá el cumplimiento de su carisma personal que es el de ser Madre de Dios, con todo lo que esto conlleva en el Cuerpo místico de su Hijo, es decir, la prolongación de su maternidad a todos los hombres. Beatriz también entrega a Dios de modo radical toda su persona. Y entregó su corazón al sacrificio, a una vida intensa de oración y penitencia, para dar vida a la semilla que la gracia hizo germinar en su alma.
Como María, pasó su vida en el silencio; esa perfección de la Esencia divina y consecuencia de su Plenitud, desde donde Dios habla al corazón (Oseas 2, 16) y va fraguando en las almas la encarnación de su Verbo.
Breves son las palabras de María que nos narra el Evangelio, y breves son también las de Beatriz como verdadera copia de María y verdadera Monja. Y cuando murió, la Inmaculada, la Virgen de las doce estrellas (Ap 12, 1-2), de parte de Dios, puso “una” en la pura y bella frente de Beatriz, que completó y canonizó su parecido con María.
Una vez más, el Papa, en su Bula de canonización, nos constata aquí que se cumplió en Santa Beatriz el principio teológico que nos asegura que “Dios da a cada uno la gracia según la misión para que es elegido” (S.T.). Hecho que da a nuestra Fundadora la categoría de los grandes fundadores de congregaciones monásticas con relación a sus Hijas.
(continua)

quarta-feira, 12 de agosto de 2009

2ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”
I - Conocimiento
del Carisma Fundacional
Éste es nuestro humilde deseo, poder “llegar” y “dar” a conocer lo mejor posible el carisma y experiencia religiosa de la Madre. Entrar en el santuario de su alma mística y transida de Dios, donde se originó su maternidad espiritual y, por lo mismo, el comienzo de nuestra existencia monástica concepcionista.
Con temor reverencial, por la materia que tocamos y para acertar en tan delicado tema, nos situamos en la línea de fidelidad a los orígenes de la Orden: “primigenia inspiración” para leer con luz propia (Bula “Inter universa”) sus anhelos fundacionales.
Nos sirve también para ello las “minutas” de la Madre recientemente encontradas providencialmente en el archivo secreto del Vaticano.
Y, por último, la Bula de canonización de Santa Beatriz de Silva: “Praeclara Inmaculatae” de Pablo VI, 1976.
De mano, pues, de la Bula de canonización y con la ayuda de Dios, comenzamos a desentrañar el carisma de la santa fundadora.
Es la autoridad de Su Santidad Pablo VI, en esta Bula, quien nos dice que: “Beatriz, dócil al superior impulso del Espíritu Santo, tomó la determinación de instituir una nueva familia religiosa que estuviera consagrada a la Santísima Madre de Dios” (B.C.).
¿Cómo y cuándo se originó esta moción del Espíritu en su vida? Nos lo puntualiza el mismo Papa: “Beatriz... reconfortada con la ayuda sobrenatural de la Madre de Dios y librada por la divina Providencia de tanto peligro, proponiéndose consagrarse totalmente en adelante al único Señor en honor de la Virgen María, inmune de toda mancha, hizo entonces voto de perpetua virginidad al Señor Altísimo... menospreció el señorío del mundo y toda pompa del siglo ante el inestimable amor de Jesucristo y la amorosa imitación de su Madre; y huyendo del bullicio de la Corte... se apresuró a ir a la soledad y, ocultó decididamente su florida juventud dentro de los muros de un monasterio” (B.C.).
El Papa nos ha expuesto nítida y netamente el carisma fundacional de Santa Beatriz de Silva.
La ayuda sobrenatural que recibió de la Madre de Dios que refiere el Papa, toda la tradición de la Orden la identifica con la aparición que de la Inmaculada Virgen tuvo nuestra Madre en el momento más álgido y dramático de su vida, cuando la reina Isabel: “llevada de injusto sentimiento de celotipia, resolvió quitarla de enmedio”, añade el Papa (B.C.).
Esta experiencia de María, que llenó de luz del Espíritu su alma, fue el punto de arranque de su transformación en Dios, del nacimiento de la Orden y, por lo mismo de la institucionalización de una nueva espiritualidad en la Iglesia: la concepcionista. Puesto que es de singular importancia este momento, tanto para la Obra de la Fundadora como para sus Hijas, detengámonos un poco en él para extraer del mismo, el contenido místico, religioso y pedagógico que encierra, a fin de llevarlo a las Constituciones propias, como núcleo central de nuestra espiritualidad que ha de dar forma, como don carismático del Espíritu, a nuestra Orden, y determinar su fisonomía y el fin de la misma.
Nuestra Santa, pues, que hasta este momento había sonreído a todo lo bello y bueno que el mundo le ofrecía primero en la casa paterna y después en el palacio de la reina Isabel, su prima, siente ahora que en su vida está sucediendo algo extraño. Las cosas se le han vuelto hostiles, ya no le ofrecen sus dulzuras, sino el amargor de su vaciedad e inestabilidad. Los acontecimientos adversos se agolpan uno tras otro dejando en su corazón el poso amargo de su huella. Es la gracia divina que va iluminando y purificando los ojos de su alma y va a hacer que su vida dé un giro de 180 grados. Tiene en su mente divina un designio amoroso sobre ella que ya es preciso comunicarle. Y el Señor abrevia el momento.
La Reina se enciende en celos y, poniendo en juego su poder temporal, decide ahogar la vida de Beatriz. La prueba o gracia purificadora ha llegado a su cumbre. Beatriz, encerrada en lóbrega prisión, ve cercano su fin e implora el auxilio divino. Sí, ciertamente sucede así. Místicamente en la estrecha o angosta prisión muere la antigua Beatriz y nace la nueva, más espiritual, al calor maternal y bajo la luz de la Inmaculada María. La Santísima Madre se le aparece revelándole el designio de Dios sobre ella.
Es aquí donde aparece en toda su belleza y plenitud el carisma propio de Beatriz y su experiencia mística religiosa, germen de la Orden concepcionista. María se le manifiesta radiante de amor y pureza inmaculada, penetrando todo su ser con su presencia dulcísima. Beatriz, contemplándola, queda arrobada y su alma místicamente MARIANIZADA, al mismo tiempo que escucha de María el designio divino de que se perpetúe y cante en el tiempo mediante una Orden, esa pureza inmaculada que está haciendo las delicias de su alma.
Hasta ahora, Beatriz había “creído” a María limpia de pecado original en su Concepción santísima; desde ahora, místicamente, la “conoce” Inmaculada, libre de la baba del dragón infernal. Al mismo tiempo Beatriz acoge a Dios en su alma, aborrece el pecado, se adhiere a la virtud y deja que se encarne el carisma en su alma. Así de inefable y sencillo fue el comienzo de nuestra existencia.
El ilustre teólogo jesuita P. Víctor Codina nos dice en su libro “Teología de la vida religiosa” que “la experiencia religiosa del fundador es una vocación carismática o experiencia de algún modo mística, por la cual son simultáneamente introducidos en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Es una captación del signo de los tiempos por el que se sienten introducidos en el aspecto de Cristo y de la Iglesia más urgente y necesario para aquel tiempo concreto”.
Por medio de María, Beatriz conoció el designio de Dios sobre ella y en la luz de Dios descubrió la significación de su tiempo respecto de la Inmaculada. En la visión que venimos comentando, de la contemplación de la Madre pasa al Hijo y del Hijo a la Madre. En el Hijo reconoce el origen de la santidad, y en la Madre la santidad del pensamiento creacional de Dios sobre el hombre salvado dichosa y abundantemente en Ella: libre del pecado original. En el Hijo reconoce el misterio de la humanización de Dios para la redención humana, y en la Madre el prototipo de los redimidos y la mediación entre Dios y el hombre.
Este misterio de pureza y santidad de María que estaba contemplando se estaba debatiendo con viveza en su tiempo, por otra parte tan falto de reforma. Por experiencia, por la transformación que él estaba operando en su alma, intuyó Santa Beatriz que bien podía ser fermento de renovación, un reclamo a la santidad, para aquéllos que la veneraban y exaltaban con tan encendidos clamores.
La necesidad de renovación en la sociedad del tiempo de Santa Beatriz estaba patente. Veámoslo brevemente.
Sabemos que la Iglesia de Cristo, en su constitución divina, es, SANTA, indefectible, invariable. No es así en sus miembros que, por defectibles y limitados, son sujetos de corrección y reajuste.
Es lo que estaba necesitando la vida eclesiástica y religiosa del tiempo de Santa Beatriz, la cual registraba una franca decadencia. Decadencia que incidía en la vida social. Pues así como el fervor en la vida religiosa lleva a una reactivación de la religiosidad del pueblo, así su decadencia le estaba llevando a la postración de la fe y corrupción de costumbres.
Esta triste realidad fue denunciada por la cristiandad con clamores de renovación a decir de García Oro, como nunca se ha dado quizá en la Iglesia. Este mismo autor nos dice que “Juan Gersón, el gran apóstol de la reforma y unidad durante el cisma de Occidente, decía en un sermón pronunciado el día 1 de enero de 1404: “En verdad, que el estado actual de la iglesia parece brutal y monstruoso”. Era una de las muchas voces que levantaban urgiendo el cambio” (García Oro).
En esta convulsiva realidad estaba siendo introducida por Dios Santa Beatriz. Como hemos visto antes, ella misma había sido víctima de pasiones incontroladas y costumbres depravadas. Y ahora, en la contemplación de la limpia santidad de María, veía el contraste de su mundo; la urgente necesidad que tenía de reforma y el medio eficaz para conseguirla.
De hecho, ésta fue la contribución que Dios le pidió y que ella supo darle como fruto de su experiencia mística y religiosa. Y que culminó en espléndidos frutos de santidad, primero en ella y en la Orden de la Concepción por ella fundada. Y además, en el servicio que prestó a la Iglesia y a la causa de la declaración del dogma inmaculista mediante la misma Orden consagrada a este misterio soberano.
“La Inmaculada Concepción se manifiesta como fuerza viva en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia suscitando una Orden contemplativa” (Homilía de Pablo VI en la canonización). Deseando, pues, penetrar más a fondo en el carisma que se encarnó en Santa Beatriz impulsada por las precedentes palabras de Su Santidad Pablo VI, y aunque es conocido de todos los presentes el misterio de la santidad original de María, vamos a recordarlo brevemente, como dinamismo de la gracia, para conocer mejor la espiritualidad de la Orden concepcionista. Lo hacemos de la mano de Michael Schmaus.
La doctrina de la limpia Concepción de María comenzó a penetrar en las almas y por lo mismo a desarrollarse en la Iglesia, en la época patrística. Sabemos que, como los demás dogmas, tiene su fundamento en la Sagrada Escritura. Concretamente en dos textos que deben ser claves para configurar, en su propia espiritualidad, las Constituciones de la Orden concepcionista. El primero (Gn. 3, 15): “Pongo enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: ella herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón”. El segundo, en la expresión del Evangelio: “llena de gracia” de Lc. 1, 28.
En la primera se nos revela la predestinación de María para Madre de Dios, y la gracia santificadora de Cristo preservando a María del pecado. “Se nos enseña que Cristo, triunfador por su muerte de cruz y su resurrección, del diablo y del pecado, es el comienzo de la “descendencia” salvada, cuyo primer fruto eminente: “preservada” es, María. Dios le aplicó los méritos de Cristo, la gracia del Redentor en el mismo instante de su concepción. Entre Cristo y su Madre existe una íntima unión espiritual histórico - salvífica. Por su vinculación a Cristo, pues, no por sí, sino por don gratuito de Dios, María está en plena y triunfante enemistad contra el pecado y el demonio. Enemistad que incluye que Ella, Madre del vencedor del diablo, no haya estado ni por un solo momento bajo el poder de Satán o alejada de Dios” (Schmaus). Es el triunfo de la gracia sobre el pecado. Triunfo que ha de estimular a nuestra realidad pecadora, por la participación que tenemos todos en su gracia.
En cuanto al segundo fundamento: “llena de gracia”, contiene la elección de María para Madre de Dios. “El Ángel le testifica que Dios está con Ella de manera única, por su predestinación a una misión histórico - salvacional decisiva: Madre del mismo Hijo del Padre. Dios mismo ha entrado en comunicación con María de una manera plena: “llena de gracia”. Si Dios está así con Ella como le informa Dios mismo de parte del Ángel, entonces no queda ningún margen para el pecado, es decir, para una oposición entre Dios y María” (Schmaus). Verdad revelada en el Evangelio, que es principio de la salvación y santificación del género humano y motivo de nuestra esperanza. Así “contemplamos a María convertida, para nosotros, en imagen purísima de lo que debemos y esperamos ser” (Mc. 22).
Este don divino de la santidad inmaculada de María que, como todos los de Cristo están orientados hacia la salvación y santificación del género humano como proyecto creador de Dios, empezó a influir en la mente y en el corazón del hombre, marcando en él la nostalgia de la imagen santa de Dios a que fue creado y que había perdido por el pecado, como dije anteriormente, en la edad patrística. Y, aunque entonces “no consiguieron formularla con la claridad con que después lo hicieron la encíclicas pontificias de los siglos XIX y XX, los Padres de la iglesia la cantan con tanta intensidad y frecuencia que los siglos posteriores pudieron llegar con facilidad a concluir la inmunidad de María del pecado original” (Schmaus), y crear una rica y abundante fuente de espiritualidad.
Tertuliano nos dice: “Dios recuperó con celoso esfuerzo, su imagen y semejanza, que era presa del diablo. Pues en Eva, aún virgen, entró la palabra que edificó la muerte: del mismo modo había que introducir en la Virgen el Verbo de Dios que edifica la vida”. Del mismo modo cantan la sobreabundante santidad de paraíso de María y su excelencia virginal San Epifanio, San Ireneo, Isidoro de Pelusio, San Atanasio, San Ambrosio, los Capadocios, etc.
San Efrén, monje anacoreta del siglo IV introduce la dulzura de esta espiritualidad dejando destilar la miel de su pluma en sus “Carmina Nisibena” cuando canta: “Sólo tú, Señor, y tú, Madre, sois hermosos sobre todas las cosas, pues no hay en ti ninguna mancha ni defecto alguno en tu Madre”.
Y en una oración: “Oh Virgen, Señora, Inmaculada Madre de Dios... en extremo bondadosa, eres superior a los cielos, más pura que los resplandecientes y cegadores rayos del sol”, etc.
Dejando otros Padres por no alargarnos, llegamos a San Beda el Venerable, monje benedictino inglés del siglo VII, el cual, recogiendo los dulces ecos de San Efrén, llega a la conclusión de que: “sólo la Virgen purificada de todo pecado podía servir al Hijo de Dios en la asunción de una naturaleza humana invulnerada” (Hom. 1 P.L. 94, 12).
Así se fue elaborando en el corazón del hombre, para la Iglesia, esta espiritualidad que resonaba con acentos cada vez más diáfanos en las almas sensibles a la santidad y pureza.
Así, San Anselmo, monje también benedictino de los siglos XI - XII, Arzobispo de Cantórbery y uno de los fundadores de la escolástica, nos dice: “que la concepción virginal de Cristo es necesaria para su obra redentora. Puesto que es virginal no puede estar sometida a la ley del pecado” (De conceptu virginale, 18). Y estudia, consecuentemente, la pureza de María en su libro (Cur Deus Homo, 16) y, aunque no consigue situar la santificación de la Virgen antes de su nacimiento por acentuar exageradamente la fuerza purificadora de la fe, es decir, que María tuvo que ser santificada por la fe en su Redentor, canta sin embargo la santidad eximia de María con acentos tan certeros, que la Iglesia no encuentra cantor mejor para exaltar la excelencia y dinamismo espiritual de este soberano misterio, en la solemnidad litúrgica de la Inmaculada, que la “Oración 3 a la Virgen” de este santo. Y así la ordena para la segunda lectura del Oficio de Lectura.
Lo que no consiguió San Anselmo lo lograron dos discípulos suyos, también monjes benedictinos: Eadmero, que defendió expresa y formalmente la Inmaculada Concepción de María en su libro (De Conceptu Beatae Mariae), y Osberto, que pensó asimismo.
Eadmero dice que “puesto que en la concepción de María creó el Espíritu Santo una habitación para el Hijo de Dios, la misma concepción había de ser santa”: “dignum Filii tui habitaculum preparasti”, nota melodiosa que canta perpetuamente la Iglesia en la oración del oficio litúrgico de la Inmaculada.
De este modo fue extendiendo el Espíritu Santo esta espiritualidad de pureza en la iglesia introduciéndola incluso en la Liturgia a medida que se desentrañaba el misterio de la santidad original de María. Y aunque a San Bernardo de Claraval le pareció entonces conveniente mitigar esta novedad de Eadmero sobre la Inmaculada, enseñando que María había sido santificada después de su concepción pero antes de su nacimiento, opinión que, debido a su gran autoridad siguieron los principales teólogos de los siglos XII y XIII, entre otros San Alberto Magno, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, ahí quedó la razón teológica de Eadmero en el axioma que ya resonó en sus labios: “Potuit, decuit, ergo fecit”. Herencia que recogió la posteridad, logrando, al fin, dos franciscanos del siglo XIV Guillermo de Ware y, sobre todo, su gran discípulo Juan Duns Escoto, dar con el camino para llegar a la solución definitiva: “en previsión”.
Nota terminal de la oración de la solemnidad de la Inmaculada. Oración que la Iglesia, queriendo lograr en todos sus hijos los frutos de estos dones divinos y espiritualidad de santidad concluye diciendo: “así también, por su intercesión, lleguemos a ti limpios de todo pecado”. Así nos abre el camino al dinamismo santificador de esta espiritualidad la parte ascética, que es la colaboración que busca Dios en nosotros como respuesta a ese regalo que nos hizo creando Inmaculada a nuestra Madre dulcísima. Bien lo entendió el pueblo fiel, pues así que saltó esta espiritualidad del cielo al culto popular, los hechos heroicos que registró la historia entre la gente sencilla son, en verdad, impresionantes.
Para no alargar esta exposición recordamos sólo uno que es exponente del fervor con que las masas vivieron este soberano misterio. Es el tan conocido de aquel caballero sevillano que se vendió a sí mismo como esclavo, para sufragar con la venta solemnes cultos en desagravio de aquella tan querida Madre Inmaculada, que era negada por un predicador desde el púlpito.
Esta fuerza santificadora dimanada de la misma entraña del Dios que hizo inmaculada a María es la que penetró en Santa Beatriz, arrancándola la heroica decisión de cubrir la belleza de su rostro de por vida y encerrar sus grandes valores humanos en la soledad de un monasterio.
(continua)

terça-feira, 11 de agosto de 2009

1ª Parte: Conferência
pronunciada em León,
por ocasión del V Centenario
de la Bula fundacional
de la Orden “Inter Universa”

pela madre Mercedes de Jesús Egido oic
del Monasterio
de Monjas Concepcionistas
de Alcazár de San Juan
“A PRIMEIRA INSPIRAÇÃO
DA ORDEM
DA IMACULADA CONCEIÇÃO”

Profundizar el carisma fundacional es un deber de todo religioso, pues cuanto mejor se conozca mejor se entiende, cuanto mejor se capte mejor también se presentará y se vivirá la propia identidad en el seno de la Iglesia y, por lo mismo, se dispondrá de los elementos necesarios e imprescindibles para que dicho carisma sea una realidad viva y eficaz hoy tal y como nos lo exigen los signos de los tiempos.
El carisma fundacional es eminentemente dinámico, como fruto que es del Espíritu Santo. Por eso y para conocerlo mejor, si hemos de mirar hacia atrás, en nuestro caso, hacia nuestra Madre Fundadora es, para que nos sirva de catapulta, de palanca que nos lance hacia delante. No podemos olvidar que todo carisma religioso es profético y, por lo mismo, en cada momento histórico ha de hablar, ha de gritar, diría yo, los auténticos valores fundamentales de una vida evangélica que es toda vida religiosa, es decir, de un auténtico y real seguimiento de Cristo.
Mi intervención ante esta cualificada asamblea no pretende ser otra cosa que esto: el testimonio de una concepcionista que, como todas las hijas de Santa Beatriz, quiere vivir radical y entusiastamente su propio carisma religioso como respuesta a la vocación que ha recibido del Señor, en servicio de la Iglesia y de la humanidad entera.
Por ello podréis comprender que no pretendo descubrir América, ¡hace cinco siglos que se descubrió!, los mismos que tiene nuestra Orden. Sencillamente deseo recordar con vosotros unos hechos seculares, destellos de una estrella que, encendida por Dios para iluminar nueva senda, se vio represada en su propia luz por acontecimientos externos, y así ha permanecido durante casi cinco siglos, hasta que ahora, los inspirados decretos del Vaticano II, fijándose en sus orígenes, ha hecho posible que lleguen hasta nosotros renovados y renovadores sus primigenios fulgores.
La lectura del carisma fundacional de Santa Beatriz hay que hacerla a la luz del Evangelio, con serenidad y paz, con deseo de verdad, sin ideas preconcebidas. A partir de un conocimiento serio y científico de sus orígenes, de su entorno histórico y socio - religioso y, al mismo tiempo, con la transparencia y capacidad de admiración de un inocente niño. Porque la Iglesia nos enseña que los carismas de los fundadores son una riqueza espiritual, dones que le regala el Espíritu Santo (P.C. 1) y que ella no quiere perder. Por ello ha ordenado que les restituyamos su lozanía primigenia.
Es lo que está intentando llevar a cabo la Orden concepcionista, pero que quizá, por un escaso conocimiento o por otras varias razones y acondicionamientos o intereses creados, esté resultando lenta y penosa.
Este V Centenario de la aprobación de la Orden mediante la Bula “Inter universa” esclarece mucho el camino, mejor, queda iluminado con sus originales y limpios destellos, como dije al principio, para conseguir su propia renovación.
Y el hecho de que sea tan festiva y jubilosamente celebrada esta Bula por toda la Orden en estas circunstancias de renovación es ya una gracia previa de Dios en todas las concepcionistas, para entrar en la verdadera línea de renovación del espíritu fundacional de la Santa Madre, de lo que la Iglesia a ella le aprobó. Es, por tanto, el medio directo de contactar con la Fundadora.
Cabe, pues, esperar, que las concepcionistas no impidamos que esta Bula consiga ahora la renovación de la Orden, como en su tiempo alcanzó su aprobación.
Y sin más preámbulos, pasamos a tratar del carisma de Santa Beatriz de Silva.
(continua)

quarta-feira, 1 de abril de 2009

Questão Franciscana
Concepcionistas
ou Concepcionistas Franciscanas?

A Ordem Concepcionista é distinta de qualquer outra na Igreja e bastaria para a sua identificação designá-la com esse nome (Ordem da Imaculada Conceição ou monjas Concepcionistas), sem acrescentos; se, como é tradição secular, se lhe quer acrescentar Franciscanas, que isto não seja em detrimento do conteúdo Imaculista frente ao componente franciscano. Em todo o caso, é evidente a afinidade espiritual, benéfica para ambas. Posto que Júlio II as desligou totalmente das Clarissas, dando-lhe a sua própria Regra, parece-me inadequado que no calendário franciscano venham assinaladas como Monjas da Segunda Ordem Franciscana ou Clarissas, pois não o são. (…) Os franciscanos temos uma formosa missão encomendada pela Igreja: ajudar as Concepcionistas a viver o seu próprio carisma (…) não pretendendo fazê-las mais franciscanas mas deixando-as que sejam mais Concepcionistas.
(GARCÍA SANTOS, José, OFM, La Regla de Santa Beatriz de Silva. Estudio Comparado, idem, p. 187)

terça-feira, 24 de junho de 2008

Regra de Júlio II
Esta Regra foi aprovada e confirmada pelo papa Júlio II,
mediante a Bula «Ad Statum Prosperum» de 17 de Setembro de 1511

Em nome do Senhor começa a Regra das Monjas
da Conceição da Bem-Aventurada Virgem Maria

CAPÍTULO I
Do que devem prometer as que querem entrar nesta ordem
1. Aquelas que, inspiradas e chamadas por Deus, desejam abandonar a vaidade do mundo e, vestindo o hábito desta Regra, desposar-se com Jesus Cristo nosso Redentor, pela honra da Conceição Imaculada da sua Mãe, façam voto de viver sempre em obediência, sem propriedade e em castidade, com clausura perpétua.
CAPÍTULO II
Da recepção e profissão das noviças

2. Como o ingresso nesta Ordem é uma oblação singular que se oferece ao nosso Redentor e à sua Mãe gloriosa, entregando-se a ele como hóstia viva em alma e corpo, convém que as que querem abraçar esta Ordem sejam examinadas diligentemente se são católicas e fiéis cristãs, não suspeitas de nenhum erro, não ligadas pelo matrimónio, sadias de corpo e mente, prontas na vontade; as quais deverão ser instruídas e informadas em todas as coisas que hão-de observar, para que provem, com deliberação madura, se lhes convirá abraçar esta vida e Regra, para que não venham depois a se lamentar das austeridades e dificuldades que neste caminho divino, por vezes, encontrarão.
3. Não seja recebida nenhuma de doze anos de idade, nem com tão avançada idade que não possa, sem agravo e dificuldade, levar a aspereza desta Regra, a não ser que, por cau­sa grave e razoável, alguma vez for dispensada pelos Prelados.
4. A Abadessa não receba por própria autoridade nenhuma irmã, sem o consentimento de todas as monjas ou ao menos da maior parte delas, e sem licença do Visitador.
5. Acabado o ano de provação, se à maior parte das irmãs parecer que o seu comportamento é recomendável e que é apta para a Religião, seja recebida à profissão, prometendo nas mãos da Abadessa observar sempre esta vida e Regra, deste modo: «Eu, Sor N., por amor e em serviço de Nosso Senhor e da Imaculada Conceição da sua Mãe, faço voto e prometo a Deus, e à Bem-aventurada Virgem Maria, e ao Bem-aventurado São Francisco, e a todos os Santos, e a ti, Madre, viver todo o tempo da minha vida em obediência, sem propriedade e em castidade, e em clausura perpétua, sob a Regra pelo Santíssimo Papa Júlio II à nossa Ordem concedida e confirmada».
E a Madre Abadessa lhe prometerá a vida eterna se guardar estas coisas.
CAPÍTULO III
Da forma do hábito desta religião

6. O hábito das monjas desta Ordem seja desta forma: a túnica e o hábito com o escapulário, sejam de cor branca, para que a candura deste vestido exterior dê testemunho da pureza virginal da alma e do corpo; o manto seja de pano grosso ou de estamenha de cor de jacinto pela significação mística, isto é, que a alma da Virgem gloriosa, desde a sua criação, foi feita celeste e singular morada do Rei Eterno.
7. Levem no manto e no escapulário a imagem de Nossa Senhora circundada de raios solares e a cabeça coroada de estrelas; no escapulário levem esta imagem pendente sobre o peito, para que dormindo ou trabalhando, a possam colocar em lugar honesto e a retoma-la, quando forem ao coro, locutório ou capítulo; e no manto levarão esta imagem cosida no ombro direito. Assim recordará ás professas desta santa Religião que deverão levar a Mãe de Deus, entronizada nos seus corações, como exemplo de vida, para imitar a sua conduta inocentíssima, e seguir a humildade e o desprezo do mundo que ela praticou, quando vivia neste século. A corda ou cordão seja de cânhamo, como levam os Frades Menores. A cabeça seja cingida com uma touca branca que cubra honestamente por baixo as faces e o colo. As professas levem à cabeça um véu preto, não precioso nem extravagante, em todo lu­gar e tempo, e tenham os cabelos sempre cortados. Como calçado usem tamancos, solas ou chinelas, ou sandálias de simples cortiça. A Madre Abadessa poderá dar a dispensa, com o conselho das Discretas, nas necessidades, para que vistam túnicas de linho, ou usem mais roupas, ou para que possam levar calçado, segundo as exigências dos lugares e das pessoas.
8. Procurem imitar, além do mais, a humildade e a pobreza de Nosso Senhor Jesus Cristo e de sua Mãe bendita, amando a santa pobreza, assim na vileza dos vestidos como no calçado e em todas as outras coisas, para que mereçam ser iluminadas pelo Pai das luzes e perseverar até o fim.
CAPÍTULO IV
Do protector desta ordem

9. Para que o serviço de Deus cresça continuamente e seja estável, mediante o governo prudente e religioso de bons Pastores e aumente a devoção da Puríssima Conceição da Virgem gloriosa nos corações piedosos, queremos que o Senhor Cardeal, que é ou for o Protector dos Frades Menores da Observância, seja governador e defensor desta Religião, assim como o é dos Frades Menores da Ob­servância.
10. Queremos, do mesmo modo, já que os Frades Menores com incansável esforço e dedicação se constituíram em defensores da Pura e Límpida Conceição da Mãe de Deus, que os Vigários Gerais nas suas Vigarias e os Provinciais e Custódios nas suas Províncias e Custódias sejam os Visitadores desta santa Religião, aos quais [as monjas] estejam firmemente obrigadas a obedecer em tudo o que ao Senhor prometeram observar e não seja contrário à alma e a esta Regra.
11. Cuidem os Visitadores de visitar as irmãs ao menos uma vez ao ano, e, quando por esta razão ingressarem no mosteiro, acompanhados de honesta companhia, mandem primeiramente ler a Regra diante da comunidade e, depois de comentada pelo Visitador, a Abadessa pedirá para ser desligada do ofício e entregará o selo ao Visitador. O Visitador indagará com diligência a respeito da conduta da Abadessa e das súbditas, interrogando de modo geral e detalhado acerca do comportamento das monjas e da observância desta Regra. Encontrando alguma coisa digna de correcção, castigue e reforme com zelo de caridade e amor da justiça e com discrição piedosa, tanto na cabeça como nos membros, quanto ofende a Deus. E se a Aba­dessa for achada falha e não idónea para o ofício, seja exonerada do ofício pelo mesmo Visitador.
12. Visite também os que participam da família do mosteiro, para alcançar que este estado, no interior como no exterior, seja ordenado para a glória de Deus e da sua Mãe Santíssima.
CAPÍTULO V
Da eleição da Abadessa
e da submissão que lhe é devida
13. A eleição da Abadessa compete à comunidade, de modo que elejam voluntariamente a quem por amor terão de obedecer. Depois de realizada a eleição canónica por toda a comunidade ou pela maior parte dela, seja confirmada pelo Visitador. Procurem as monjas, com toda a diligência, eleger uma Abadessa que sobressaía pelas suas virtudes e honestidade.
Distinga-se não tanto pelo cargo quanto pelos bons costumes; seja tal que pelo seu exemplo estimule as suas súbditas a obedecer-lhe com amor; seu comportamento torne-se uma pregação viva para as monjas.
14. Ame a todas, sem parcialidade, em Jesus Cristo, porque a acepção de pessoas na Religião nunca se faz sem escândalo e grandíssimo prejuízo da comunidade.
15. Não se glorie vãmente pela prelazia, mas antes chore no seu interior, considerando quanto é difícil dar conta a Deus das outras almas, pois tão poucas se encontram que dêem conta da própria alma.
Lembre-se também que Nosso Senhor não veio para ser servido, mas para servir, e que a Abadessa não é eleita para senhora, mas para servidora das suas súbditas.
16. As súbditas estão obrigadas a obedecer aos seus Visitadores e à Abadessa em todas as coisas que ao Senhor prometeram observar, e recordem-se que por Deus renunciaram às próprias vontades. Considerem que mais obedecem a Cristo seu Esposo do que aos que presidem e que na desobediência e desprezo aos Superiores, Nosso Senhor Jesus Cristo é desprezado e desobedecido, segundo o que o mesmo Senhor diz no Evangelho: Quem a vós ouve a mim me ouve, e quem a vos rejeita a mim rejeita (Lc 10,16).
CAPÍTULO VI
Da observância da pobreza

17. Como a fraqueza das mulheres, principalmente das que vivem encerradas por Cristo, está sujeita a muitas necessidades, a fim de que não lhes faltem meios para remediá-las, poderão ter possessões e rendas em comum, as quais não é licito vender ou alienar, senão para maior utilidade e proveito da casa, e isto com o consentimento do Visitador e da Aba­dessa e da maior parte da Comunidade. A Abadessa, porém, poderá dar ou alienar bens imóveis, de pouco valor, conforme lhe parecer conveniente.
18. Como as monjas em particular estão obri­gadas a observar a pobreza, de nada poderão se apropriar. Poderão, contudo, com a licença da Abadessa, ter o simples uso do que lhes for concedido. Devem considerar como maior riqueza o conformar-se com a pobreza que para si escolheram nosso Redentor e a sua Mãe Santíssima.
19. Não achem humilhante usar vestes pobres e remendadas, porque vestidas alegremente com elas por Cristo, como suas esposas, possuirão riquezas espirituais no céu. Será tanto mais agradável a Cristo, seu Esposo, aquela que se contenta com hábitos mais vis e com coisas de menor preço necessárias ao corpo.
CAPÍTULO VII
Da clausura em geral
20. As monjas professas desta Religião estarão firmemente obrigadas a viver em perpétuo encerramento dentro da clausura interna do mosteiro. Mas se em algum tempo, o que Deus não permita, surgir necessidade inevitável, como incêndio ou assalto de homens armados, - casos que não admitem dilação -, nestes ou em casos semelhantes, poderão transferir-se para um lugar conveniente, onde viverão em clausura honesta, até que se lhes providencie um mosteiro.
21. Os Visitadores, todavia, gozarão de autoridade necessária para enviar uma ou mais monjas para fundar, reformar ou governar outro mosteiro da sua Ordem, ou por motivo de correcção, ou por outra necessidade manifesta.
CAPÍTULO VIII
Da clausura em particular

22. Para que as monjas desta Religião possam melhor e mais perfeitamente guardar a clau­sura que prometeram ao Senhor, tenham uma porta colocada no alto, a qual se possa subir por uma escada levadiça, que estará levantada, excepto quando alguém tiver de entrar por causa inevitável e necessária, como se especificará no capitulo seguinte.
23. Tenham, assim mesmo, em lugar aberto e público, uma roda bem feita e forte, cuja altura e largura seja tal que nenhuma pessoa possa entrar ou sair por ela. Através dela introduzam-se as coisas que nela possam ca­ber. Tenha esta roda, como protecção, portinholas por dentro e por fora, que deverão permanecer fechadas durante a noite, e mes­mo de dia, no verão, enquanto dormem as irmãs.
24. Haja, além disso, em lugar elevado, uma abertura, à maneira de janela, com duas portas de largura e altura convenientes, pela qual sejam introduzidas as coisas que não podem passar pela roda.
25. Tenham, outrossim, em lugar honesto, um locutório, protegido com grades de ferro por dentro e por fora, com uma cortina preta, para que as Religiosas não possam ver os outros nem serem por eles vistas. Não seja permitido às irmãs falarem neste locutório, em tempo algum, desde Completas até à Prima do dia seguinte, nem em tempo de refeição, nem enquanto repousam as irmãs em tem­po de verão, a não ser que sejam obrigadas por necessidade manifesta. Nos mosteiros, onde vivem muitas irmãs, poderão ter dois locutórios.
26. No muro que separa as irmãs da capela, haverá duas janelas grandes ou uma, segundo a disposição do coro, protegidas com gra­des de ferro, por dentro e por fora, com cortina preta, para que os que estão na igreja não possam ver as irmãs; estas janelas tenham, além disso, portas de madeira por den­tro com fechadura e chaves que só se abrirão quando se recita o Ofício Divino; mas a cortina somente será corrida na hora da elevação do Corpo e do Sangue de Nosso Senhor Je­sus Cristo.
27. Haja também na igreja, em lugar apropriado, para receber o Sacramento do Corpo do Senhor, uma janelinha com porta de ma­deira de tais dimensões que por ela se possa introduzir a âmbula. Estará sempre fechada e não se abrirá a não ser quando as irmãs recebem a Eucaristia, de modo tal que, quan­do as irmãs recebem o Corpo do Senhor, não possam ser vistas pelos seculares.
CAPÍTULO IX
Da entrada nos mosteiros desta ordem

28. Mandamos firmemente que ninguém entre na clausura do mosteiro, excepção feita aos Visitadores, quando no exercício de seu ofício, e os confessores para administrar os sacramentos da Igreja, e os médicos para visitar as enfermas, e os operários, quando for necessário executar algum reparo da casa. Se alguém entrar de outra maneira, tanto os que entram como os que os admitem incorrem na excomunhão.
29. Quando entrar algum dos sobreditos, vá acompanhado pela Abadessa ou a Vigária e as porteiras da escada, uma das quais irá adiante tocando a campainha, para que as irmãs, ao ouvi-la, se recolham; enquanto estiverem na clausura, as irmãs cubram o rosto com véus pretos, porque não devem desejar ser vistas por ninguém, senão por seu esposo, o Senhor Jesus Cristo.
CAPÍTULO X
Do ofício divino e da oração

30. As irmãs considerem atentamente que, acima de todas as coisas, devem desejar ter o espírito do Senhor e seu santo modo de operar, com pureza de coração e oração devota; purificar a consciência dos desejos terrenos e das vaidades do mundo, tornar-se um só espírito com Cristo, seu Esposo, mediante o amor, pelo qual se alcança o desejo interior das virtudes e a inimizade continua aos vícios que nos separam de Deus.
31. A oração, com efeito, é a que nos faz amar aos inimigos e rezar, como diz o Senhor, pelos que nos perseguem e caluniam (Mt 5, 41); e ela que converte em suavidade a clausura e os demais trabalhos da Religião.
32. Para que, pois, este ministério, tão necessário para a salvação, se exercite melhor nesta sagrada Ordem, as irmãs que são recebidas para o coro estão obrigadas a dizer o Oficio divino, nas festividades solenes em que não se trabalha e nas suas oitavas e nos domingos «primo ponendas» e que necessariamente se hão-de recitar, e nas férias, segundo o Breviário romano, tal como o recitam os Frades Menores; celebre-se também a oitava do Seráfico Pai São Francisco, mas nenhuma outra da sua Ordem. Mas em todas as festas simples e nos domingos não «primo ponendas», digam o Ofício da Conceição, com a comemoração do domingo, segundo a forma do Breviário, que para isto se lhes há determinado. O Ofício «parvo da Conceição» digam-no como lhes é costume.
33. As monjas Leigas digam vinte e quatro Pai Nossos e Ave-Marias pelas Matinas; pelas Laudes, cinco; pela Prima, Tércia, Sexta, Noa e Completas, sete a cada uma destas horas; pelas Vésperas, doze, e rezem pelos defuntos.
34. E para que este sagrado estado cresça continuamente em virtude e em religião, me­diante os sacramentos, empregarão as irmãs a máxima diligência em confessar-se e receber a Eucaristia nas festas da Conceição de Nossa Senhora, do Natal do Senhor e da Purificação de Nossa Senhora; na primeira semana da Quaresma e na Anunciação de Nossa Senhora, ou na Semana Maior; nas festas da Ressurreição do Senhor, Pentecostes, Visitação, Assunção, Natividade de Nossa Senhora e nas festas do Seráfico Pai São Francisco e de Todos os Santos.
CAPÍTULO XI
Do jejum e do cuidado piedoso para com as enfermas

35. As irmãs jejuem na Quaresma maior e em todos os dias prescritos pela Igreja, e desde a festa da Apresentação de Nossa Senhora até o Nascimento do Senhor, e em todas as sextas-feiras do ano; aos sábados, as que quiserem voluntariamente jejuar por reverência a Nossa Senhora, sejam abençoadas pelo Se­nhor; e as que não o quiserem, não sejam obrigadas.
36. A Abadessa poderá, com o conselho das Discretas, dispensar as enfermas e fracas, segundo achar que convém à sua necessidade.
37. A Abadessa tenha cuidado pelas irmãs enfermas como de si mesma; porque se a mãe ama e consola a sua filha carnal, com quanto maior solicitude deverá a Abadessa, que é mãe espiritual, alimentar, socorrer e consolar suas filhas espirituais, em tempo de necessi­dade e enfermidade.
38. Haverá, para isso, uma enfermaria, no lugar mais salubre da casa, em que as enfer­mas serão cuidadas e atendidas pela Abades­sa, Vigária e Enfermeira, como elas mesmas gostariam de ser servidas, com humildade, benignidade e caridade. Sejam, além disso, visitadas pelo médico designado pelo Visitador ou pela Abadessa.
39. Procure a Abadessa visitar a enfermaria uma vez ao dia, salvo se for legitimamente impedida, ou a Vigaria no seu lugar, para que se inteirem das necessidades das enfer­mas, porque Nosso Senhor nos recomenda as obras de caridade sobre todas as coisas.
CAPÍTULO XII
Do modo de trabalhar, de dormir

e da observância do silêncio

40. Todas as irmãs, excepto as enfermas, trabalhem fiel e devotamente durante as horas determinadas, afastando a ociosidade, inimiga da alma, que é caminho e porta, pela qual entram os vícios e os pecados que levam a alma a perdição.
41. Nenhuma se aproprie do preço do trabalho, mas antes todas as coisas sejam comuns, como convém às servidoras de Deus e imitadoras da santa pobreza da sua Mãe.
42. Amem o silêncio, porque no muito falar não falta pecado; aquela que não ofende com a língua possui grande perfeição, e vã é a virtude da Religiosa que não refreia a sua língua. Guardem, portanto, o silêncio papal no coro, no claustro, no dormitório e no refeitório, e em toda a casa, a partir das Completas até o primeiro sinal de Prima do dia seguinte, e no tempo em que dormem depois do almoço, desde a Ressurreição do Senhor até à Exaltação da Santa Cruz. Poderão, contudo, nestes tempos, falar o que seja necessário em voz baixa e honestamente.
43. Não falem com pessoa alguma que não seja do mosteiro, sem licença da Abadessa e sem escutas.
44. Mostrem-se verdadeiras imitadoras da humildade e mansidão de Nosso Redentor e da sua Mãe Dulcíssima, no falar, no andar e nas maneiras.
45. As irmãs durmam vestidas com o hábito e cingidas com o cordão, num dormitório comum, no qual haverá uma lâmpada acesa durante toda a noite; e cada uma dormirá na sua cama, excepto as enfermas que dormirão na enfermaria.
A Abadessa poderá permitir às irmãs enfer­mas que tirem o hábito para dormir. As defuntas sejam sepultadas com o hábito da sua profissão, sem o manto.
As camas das irmãs sejam pobres e conforme a pobreza que ao Senhor Deus prometeram observar. A cama da Abadessa estará colocada de tal maneira que possa ver, com facilidade, as camas das irmãs.
46. A Abadessa e as monjas esmerem-se por observar perfeitamente esta Regra e forma de vida, para que, permanecendo sempre humildes, e submissas e constantes na fé católica, observem até o fim os votos que ao Senhor prometeram.